El temor de todo oncólogo pedíatra

La Historia de Bruno

Bruno, tiene 7 años y es el mayor de dos hermanos, hijos del matrimonio formado por Gino Clavero y la doctora Cristina Bustos, quien es oncóloga del Hospital Sótero del Río. En junio del año pasado, cuando tenía 6 años, Bruno comenzó a despertar con fuertes dolores de cabeza, y presentó también algunos problemas de visión. Esto llamó la atención de sus padres, quienes rápidamente lo llevaron al neurólogo -quien pidió una resonancia magnética- y luego al oftalmólogo. Estando en la consulta de este último, y con los resultados de la resonancia en un sobre sellado, Cristina no soportó esperar a llegar donde el neurólogo para conocerlos. Al abrir el sobre y ver ella misma el informe, un estremecimiento la invadió por completo. Su esposo Gino recuerda:

“Cuando se juntaba Cristina con sus colegas hablaban que lo que más temían era un niño con un tumor cerebral, y justo tocó a Cristi diagnosticar a su propio hijo, y nos tocó a nosotros”.

“Era uno de mis temores en la vida, porque sé lo desastroso que es, cómo desordena la vida de cualquier niño, todas las secuelas que deja. No solamente uno tiene que estar luchando contra el cáncer, sino además, hay que estar luchando por un niño que necesita pararse de nuevo, empezar a caminar de nuevo o alimentarse de nuevo”, relata su mamá, la médico oncóloga Cristina Bustos.

No quería sonreír

Bruno, fue intervenido en la Clínica Santa María por un meduloblastoma, al quinto día luego de haber sido diagnosticado. A la cirugía siguieron otros 20 días de hospitalización en los que predominaron la angustia ante una incierta recuperación y la esperanza de volver a estar juntos como familia. “Bruno no podía fijar la mirada, movía mal todo su lado izquierdo, estaba irritable la mayor parte del tiempo, y nosotros tratábamos de darle todo el ánimo, pero sufríamos con él. Isabel (su hermana menor) empezó a quedar un poco botada, yo me sentía muy culpable de no poder estar también con nuestra hija. Y mientras tanto, teníamos a Bruno que no quería comer, que apenas hablaba, había días que prácticamente no comía nada, estuvo tres meses que no caminaba, no quería sonreír, no quería hacer nada”, cuenta Cristina.

Escuela oncológica

Tras un período de 3 meses en que Bruno estuvo sometido a quimioterapia y radioterapia, durante los cuales parecía ausente, Cristina Bustos se encontró una tarde con la enfermera coordinadora de servicios médicos de la Fundación Nuestros Hijos, Jazmín Fernández. Sobre este encuentro la madre de Bruno recuerda: “Queríamos tenerlo en la burbuja de la casa, que nada le pasara. Y Jazmín me insistió que partiera en la escuela oncológica, y partió en la escuela oncológica del Exequiel que queda cerca de nuestra casa, y nuestro hijo revivió. Rápidamente dejó la silla de rueda, empezó a jugar, empezó a sonreír, empezó a comer. La escuela oncológica fue fundamental en su recuperación, porque gracias a ella, Bruno volvió a ser niño”, explica Cristina.

Paralelamente, Bruno comenzó su rehabilitación en el Centro de Rehabilitación Oncológico de Fundación Nuestros Hijos (CROFNH). Cada semana era acompañado por su padre a las diferentes terapias que recibe en este centro, tanto de kinesiología como de terapia ocupacional. “El equipo multidisciplinario que tiene la Fundación, le ha permitido a Bruno dar pasos muy importantes en su recuperación”, sostiene Gino. “Desde ese momento, mi hijo empezó a cambiar rápidamente. Cada vez que iba a la Fundación, él estaba contento, siempre estaba contento, y siempre había avances”, reconoce Cristina y añade que tres aspectos llamaron sus atención de este centro: “Primero que nada, es un centro integral, donde hay un terapeuta por cada niño o niña, algo muy difícil de ver en Chile, segundo, el compromiso total de sus profesionales, y tercero, la preparación que tienen los terapeutas que es para el niño oncológico, ¡Que más hermoso que lo que le dan a mi hijo!”, exclama la oncóloga.

Sueños

A poco más de un año desde que fue diagnosticado de un tumor cerebral, Bruno volvió a correr y jugar al fútbol con su padre, una pasión compartida por ambos. “Nuestros sueños no han cambiado, siguen siendo los mismos, ver a Bruno desarrollarse como persona, jugar, superarse, y hemos vuelto a jugar juntos, lo cual ha sido maravilloso, y vamos a seguir haciéndolo”, expresa Gino con emoción.

“La enfermedad nos hizo crecer, apreciar la vida de otra manera, y estamos trabajando todos los días para que nuestros hijos sean mejores personas y nosotros también”, agrega Cristina.

La historia de Bruno nos confirma que cualquier niño, niña o adolescente, independiente de dónde nació o la condición socioeconómica de su familia, puede ser diagnosticado de cáncer, y a la vez, todo niño que adquiere la enfermedad tiene derecho a recibir todo el apoyo para tratar su enfermedad y la rehabilitación en forma oportuna y de calidad para potenciar su reinserción e inclusión en la sociedad. ¡Es cuestión de justicia!

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